De cara
Vinicius es culpa del Real Madrid
«Es tal la victimización, coreada, aplaudida y deformada desde todos los rincones, que percibe cada suceso como un ataque personal contra el que está legitimado a rebelarse y ve en cada ciudadano un enemigo al que ajusticiar»
No hay excusa: Endrick y Vinicius debieron ser expulsados

Una noche más Vinicius, futbolista tan desequilibrante como desequilibrado, se apropió de los focos del Real Madrid. Por su juego, aunque menos que otras veces, ese regate imparable hasta la línea de fondo con el que desató el partido al minuto de juego. Y ... también por sus ostentosas rabietas, protestas, gestos, provocaciones, desconsideraciones varias, con los que se ensucia y saca de quicio a rivales, compañeros, jueces y espectadores. Esa airada reclamación tras un error arbitral, que le costó la amarilla, y sobre todo su insensata salida del campo en el minuto 90 que debió suponerle la expulsión y no ese perdón colegial tan difícil de digerir. Se carcajeó en la cara del cuarto árbitro cuando mostraba un añadido de seis minutos al duelo, al tiempo que le gritaba «estás loco» mientras Chendo trataba de llevárselo de allí.
Como la cita se jugaba en casa, la actuación del brasileño no fue manchada de los habituales insultos que animan a mirarle como el gran perjudicado, sino acompañada del jaleo partidario de los hinchas del Bernabéu que se sumaban estruendosamente a sus protestas, un inequívoco «di que sí, Vini», comprensible quizás en asuntos de grada. Menos entendible, y por supuesto mucho más culpable, es la gestión que el club hace del crónico comportamiento nocivo de su jugador estrella.
Una reacción protectora con su futbolista, al que llena de arrumacos y le consiente todo, y al que transforma de agresor a herido mayor a través de sus canales habituales de propaganda. Murmura por dentro el vestuario, el entrenador, algunos socios, pero todos los mensajes que recibe directamente el jugador son de comprensión.
Una posición que confunde al deportista (vas por el buen camino), reforzada por el aura santoral que le otorga su batalla (sesgada y mal perfilada) contra el racismo y los ataques evidentemente reprobables que recibe allá donde va. Es tal la victimización de Vinicius, coreada, aplaudida y deformada desde todos los rincones del planeta, que percibe cada suceso como un ataque personal contra el que está legitimado a rebelarse y ve en cada ciudadano un enemigo al que ajusticiar. Se considera el ombligo del mundo y hace lo que se le antoja, incluso lo que no es tolerable.
Y así no hay escapatoria para el tipo desagradable que se come al futbolista talentoso. Salvo que la institución se ponga de una vez por encima del empleado, regañe y corrija, marque lo que se puede y no hacer bajo esa camiseta; salvo que Florentino diga basta. Porque el silencio es cómplice. Y mucho más la palmada.
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